El gato de mi hijo me despertó a las dos de la madrugada y me llevó hasta una voz que creí haber perdido para siempre

 

Nunca me habían gustado mucho los gatos.

Soltaban pelo por toda la casa, tiraban cosas de los estantes y parecían actuar como si darte un poco de atención fuera un gran favor. Mi hijo Gabriele lo sabía bien. Tal vez por eso sonrió tanto la primera vez que me presentó a Poldo.

Poldo era un gato grande, blanco y gris, con una oreja un poco rasgada y unos ojos amarillos que siempre parecían molestos con el mundo. Gabriele lo había adoptado en un refugio cuatro años antes.

—No le caen muy bien las personas —me dijo.

—Entonces por fin alguien con quien me entiendo —le respondí.

Gabriele murió a los veintinueve años en un accidente de coche.

Después del funeral, fui a su apartamento a recoger sus cosas. Poldo estaba escondido debajo de la cama. Le puse un cuenco de comida delante. No lo tocó. Lo llamé. No se movió. Decidí llevarlo de vuelta al refugio a la mañana siguiente.

Tenía sesenta y dos años, vivía solo y, en aquellos días, me costaba incluso acordarme de comer. No necesitaba un animal que dependiera de mí. Pero entonces tomé la vieja chaqueta de trabajo de Gabriele.

Poldo salió disparado de debajo de la cama y la sujetó con las dos patas delanteras. Hundió el hocico en una manga y emitió un sonido que nunca antes había escuchado en un gato. No era un siseo. Sonaba como algo que se estaba rompiendo.

Así que me lo llevé a casa.

—Solo por unos días —le dije.

Poldo se quedó dentro del transportín y me miró a través de la rejilla metálica, como si supiera que yo ya estaba mintiendo. En cuanto llegamos, fue directo a la antigua habitación de Gabriele. Yo había dejado ese cuarto casi igual desde que se había independizado.

En una repisa seguían las copas que ganó cuando jugaba al fútbol de niño. En el marco de la puerta aún estaban las marcas a lápiz de su estatura:

  • once años,
  • catorce,
  • diecisiete.

Poldo se tumbó frente a la puerta cerrada y durmió allí. Cada tarde, a las cinco y cuarenta, iba a la entrada y se sentaba mirando hacia afuera. Era más o menos la hora en que Gabriele solía pasar a verme después del trabajo. Cada vez que un coche aminoraba frente a la casa, Poldo se incorporaba. Las orejas se le adelantaban. La punta de la cola se movía. Yo hacía lo mismo desde la ventana del salón.

Una semana después lo dije en voz alta:

—No va a volver.

Poldo me miró un momento. Luego volvió a fijarse en la puerta. No supe si se lo decía a él o a mí mismo.

No nos hicimos amigos enseguida. Yo le llenaba el cuenco y él me ignoraba. Limpiaba la bandeja de arena y él me observaba desde el pasillo, como un portero severo que no aprobaba mi trabajo. Pero por las noches lo oía caminar por la casa. A veces lo encontraba dormido sobre los zapatos de Gabriele. Otras, encogido encima de una sudadera que aún conservaba un leve olor a detergente y taller.

Entonces, una noche, Poldo empezó a rascar la puerta de la habitación de Gabriele. Traté de ignorarlo. Continuó. Abrí la puerta con brusquedad y él corrió hacia dentro para esconderse bajo el escritorio. Poco después salió empujando un viejo mochilón con la cabeza.

Era la mochila de Gabriele.

Dentro encontré un teléfono apagado que creía haber revisado ya. Lo llevé a la cocina y lo puse a cargar. Cerca de las dos de la madrugada, la pantalla se encendió. Poldo saltó a la mesa y tocó el teléfono con una pata. De algún modo, activó un vídeo antiguo.

La voz de Gabriele llenó la cocina.

—Poldo, viejo amigo, escucha bien. Si algún día no vuelvo a casa, tienes que cuidar de mi padre.

Hubo una pausa. Luego Gabriele se rió.

—Hace como que es duro, pero casi todo es pose.

Me dejé caer al suelo de la cocina. Durante semanas todos me habían dicho que fuera fuerte. Que Gabriele no querría verme derrumbarme. Así que había dado las gracias, estrechado manos, firmado papeles y movido cajas. No había llorado de verdad. Pero oír su voz hablando de mí como si aún formara parte de su futuro abrió algo que había mantenido cerrado demasiado tiempo.

Poldo bajó de la mesa. No saltó a mis brazos ni hizo nada especial. Simplemente se sentó a mi lado y apoyó una pata sobre el dorso de mi mano. Y fue suficiente.

Desde esa noche dejé abierta la puerta de la habitación de Gabriele. Poldo empezó a seguirme por la casa, nunca demasiado cerca, claro, porque seguía siendo un gato. Cuando me sentaba en el salón, él se colocaba bajo la mesita. Cuando trabajaba en el garaje, se quedaba en el umbral observándome.

Una mañana tiró una taza que Gabriele me había regalado. Se rompió en el suelo y perdí el control. Le grité. Él huyó. Horas más tarde lo encontré en el garaje, bajo la vieja furgoneta de mi hijo, acostado sobre la misma chaqueta de trabajo que había sacado de su apartamento.

Me arrodillé.

—Lo siento —susurré—. Sé que tú también lo echas de menos.

Poldo no se movió. Luego salió despacio, se acercó y apoyó la cabeza contra mi pecho.

En primavera, Poldo tuvo su propia silla junto a la ventana. A las cinco y cuarenta seguía mirando la puerta, pero al cabo de un minuto se daba la vuelta y venía a buscarme. Yo volvía a cocinar. Abría las persianas por la mañana. Arreglé la verja del patio que llevaba meses torcida.

El día del cumpleaños de Gabriele, nos sentamos juntos en el balcón. Reproduje otra vez aquel viejo vídeo. Cuando su voz salió del teléfono, Poldo levantó la cabeza, pero no miró hacia la calle. Me miró a mí.

Entonces lo comprendí: ya no estaba esperando a Gabriele. Había decidido quedarse con la persona que mi hijo había dejado atrás.

Hay personas que no volverán a cruzar nuestra puerta. Pero su amor no siempre se va con ellas. A veces se queda en silencio, cubierto de pelo gris, sentado a nuestro lado y esperando a que estemos listos para seguir viviendo.

Resumen: a veces, el cariño llega de la forma más inesperada y nos ayuda a dar el siguiente paso cuando creemos que ya no podemos más.

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