«Quédate aquí y lava los platos, Mariana. Esta noche necesito parecer un hombre rico y exitoso, no un tipo que carga a su esposa a todas partes».
Las palabras cayeron sobre la cocina con más fuerza que la copa de cristal que acababa de romperse a sus pies.
Mariana Castañeda se quedó inmóvil, con las manos mojadas frente al impecable fregadero de mármol. Sobre la mesa del comedor, los pimientos rellenos, el salmón al horno, los pasteles individuales y las copas de vino estaban dispuestos con cuidado, exactamente como lo había exigido su suegra, Leonor Alvarado.
En la enorme mansión de Lomas de Chapultepec flotaban el aroma de las flores frescas, del vino caro y una tensión cargada de desprecio.
Doña Leonor entró con un vestido dorado que parecía sacado de una revista de moda de lujo. Miró los trozos de vidrio en el suelo y soltó una risa seca.
«Ni siquiera puedes poner la mesa sin provocar un desastre. Llevas ocho años en esta familia y sigues comportándote como si fueras una secretaria sin clase».
Mariana respiró hondo. No respondió.
En el umbral de la cocina, Diego Alvarado, su esposo, lucía un esmoquin oscuro y zapatos italianos impecables. En su muñeca brillaban unos relojes que Mariana le había comprado cuando cerró su primer gran negocio inmobiliario.
En las entrevistas, Diego presumía que los había adquirido con su propio esfuerzo, “levantando su imperio desde cero”. Mariana nunca se había molestado en desmentirlo.
—Barre eso antes de que alguien se lastime —ordenó Diego sin apartar la vista de su teléfono—. El personal ya se fue.
Mariana se agachó para recoger los fragmentos. Uno de los bordes le cortó un dedo y una fina línea roja apareció sobre su piel.
—Pensé que iría contigo a la gala —dijo en voz baja.
Diego alzó la vista con visible fastidio, como si hubiera escuchado la idea más absurda del mundo.
La gala Corazón de México era el evento benéfico más importante del año en Ciudad de México. Se celebraba en un palacio histórico restaurado con elegancia y reunía a empresarios, políticos, médicos, figuras públicas y miembros de las familias más influyentes del país. Cada aporte se destinaba a centros médicos infantiles, refugios para mujeres y becas universitarias.
La invitada más esperada de la noche era la misteriosa presidenta del Consejo Castañeda, una firma de inversión exclusiva conocida por apoyar proyectos de medicina, educación e infraestructura en todo México. Casi nadie sabía cómo era realmente.
Muchos imaginaban a una heredera millonaria, una empresaria extranjera o una mujer fría y reservada que evitaba a la prensa.
Diego se acomodó los puños de la camisa.
—Esta noche es crucial para el futuro de mi empresa.
—Lo entiendo.
—No, Mariana, no lo entiendes —replicó él, cada vez más frío—. Habrá cámaras, inversionistas y personas que decidirán si Grupo Alvarado consigue el contrato de Santa Fe o se queda fuera. Necesito a alguien que sepa comportarse con clase.
Leonor soltó una risa baja y despectiva.
—Diego necesita una mujer capaz de hablar con funcionarios y empresarios, no una chica obsesionada con si los platos están brillando.
Entonces apareció Claudia, la hermana menor de Diego, grabándolo todo con su celular.
—Y no te ilusiones —dijo con una sonrisa burlona—. Mi hermano no irá solo.
Las puertas principales se abrieron.
Valeria Ríos entró con paso firme, como si el lugar le perteneciera. Llevaba un vestido rojo ajustado, el cabello peinado en ondas perfectas y un bolso de diseñador que costaba mucho más que el coche que Mariana había tenido cuando conoció a Diego.
Valeria era la directora de relaciones públicas de Grupo Alvarado. Era, además, la mujer que enviaba mensajes a Diego de madrugada, lo acompañaba en supuestos viajes corporativos urgentes a Cancún y siempre aparecía demasiado cerca de él en fotos que, poco después de publicarse, desaparecían misteriosamente de internet.
Valeria se acercó a Diego y le acomodó la pajarita con una confianza que hizo que el estómago de Mariana se encogiera.
—El chofer nos está esperando —anunció.
Mariana miró la mano de Valeria, apoyada con naturalidad sobre el pecho de su esposo.
—¿La llevas contigo como acompañante? —preguntó, con la voz apenas contenida.
Diego apretó la mandíbula.
- Una cena preparada con esmero.
- Una humillación disfrazada de costumbre.
- Una traición presentada como elegancia.
Y mientras ellos se iban convencidos de impresionar a una anfitriona invisible, no sospechaban que la mujer más importante de la noche era, en realidad, la esposa a la que habían despreciado durante ocho largos años.
Resumen: Mariana soporta en silencio una nueva humillación, mientras Diego y Valeria se dirigen a una gala decisiva sin imaginar que el destino de esa noche está a punto de cambiarlo todo.