“¿Sigues sin trabajo?” —se burló el prometido de mi hermana durante la cena, y mis padres se rieron con él. No discutí. Solo saqué mi teléfono y envié un único mensaje. Cuando luego empezó a presumir de un inversor al que quería convencer para cerrar un negocio de 23 millones de pesos, las sonrisas desaparecieron de la mesa de golpe.
Parte 1 —Si a los treinta y tres años sigues sin trabajo, al menos acepta un puesto de limpieza. Algo digno deberías hacer con tu vida. Sebastián lo dijo delante de toda mi familia, levantando su copa como si acabara de pronunciar una gran verdad. Mi hermana Valeria soltó una carcajada. Mi madre, Beatriz, bajó … Read more