En su cumpleaños número 40, Andrés pasó la tarde solo en una cafetería de Guadalajara, sin una llamada de su familia. Entonces, una madre soltera contó sus últimas monedas para comprarle un pastelito de chocolate, y su hija le cantó Las Mañanitas. Tiempo después, aquella mujer volvió a buscarlo con un sobre arrugado y una noticia que lo cambiaría todo.
Un cumpleaños solo y ninguna llamada
—¿Podemos sentarnos con usted? Mi hija dice que nadie debería pasar su cumpleaños solo.
Levanté la mirada del café. La mujer tendría unos 33 años y llevaba el uniforme sencillo de un salón de uñas. De la mano iba una niña de rizos oscuros. Yo cumplía 40 el 17 de septiembre, y hasta ese momento no había recibido una sola llamada personal.
—Claro —respondí, apartando mi mochila para dejarles sitio.
Me llamo Andrés Salcedo. Apenas dos meses antes había dirigido una empresa de logística en Guadalajara y vivido en un departamento desde el que la ciudad parecía de juguete. Tenía dinero y cenas rodeado de invitados, pero una sospecha se me había vuelto difícil de ignorar: a muchos les interesaba mi cartera, no mi compañía.
El experimento que dejó al descubierto la soledad
Por eso cometí una estupidez a la que llamé experimento. Con la ayuda de Ernesto, mi abogado, dejé la dirección de la empresa, vendí mis coches y permití que se extendiera el rumor de que estaba arruinado. No inventamos deudas oficiales ni pusimos en peligro los empleos, pero yo tampoco desmentí los chismes. Mi patrimonio seguía intacto; casi nadie conocía ese detalle.
Las respuestas de quienes me rodeaban llegaron pronto. Fernanda, mi novia, terminó conmigo por mensaje. Varios amigos dejaron de contestar, y mi hermana Patricia me escribió «Échale ganas» antes de ignorar mis llamadas. Empecé a preguntarme si durante años había confundido los favores con el cariño.
«A muchos les interesaba mi cartera, no mi compañía».
El último día que fui a la oficina encontré vacía la mesa de juntas. Solo doña Lucía, la recepcionista que llevaba 16 años allí, me preguntó si ya había comido. Le dije que sí, aunque no era cierto. No supe qué hacer ante una preocupación tan sencilla.
Me instalé en un cuartito rentado en Santa Tere, donde la estufa tardaba siglos en prender. Aprendí a tomar el camión y a quemar el arroz. Cambiar de domicilio, sin embargo, no hizo que desapareciera la soledad.
Un pastelito de chocolate para compartir
—Soy Mariela, y ella es Sofía —dijo la mujer al sentarse—. Perdón por la confianza.
Sofía miró la rebanada de pastel que yo había pedido al mesero después de contarle que era mi cumpleaños.
—¿La va a partir usted solito?
Sonreí, un poco avergonzado. Mariela pidió dos vasos de agua y preguntó cuánto costaba un pastelito pequeño. Antes de pagarlo, contó las monedas que llevaba. Sofía dibujó una vela en una servilleta, y las dos me cantaron bajito mientras el ruido de la cafetera llenaba el silencio entre nosotros.
Aquel pastel de chocolate costaba menos que cualquiera de las propinas de mis antiguas fiestas. Aun así, me temblaron las manos cuando lo recibí. No era el precio lo que le daba importancia, sino el gesto de dos personas que apenas me conocían.
Los encuentros que hicieron menos solitarios los días
Volvimos a coincidir en la cafetería. Con el tiempo, compartimos conversaciones y dibujos, y dimos paseos por la plaza mientras Sofía jugaba a unos metros. Mariela trabajaba haciendo manicuras y criaba sola a su hija desde la muerte de Eduardo, su esposo. A pesar de mi insistencia, nunca aceptaba que yo pagara todo.
Una tarde llegó con un sobre arrugado y los ojos sin descanso. Su expresión y el papel que sostenía contrastaban con las visitas tranquilas que habíamos compartido hasta entonces.
—Andrés, el hermano de Eduardo quiere quitarme a Sofía. Y ya empezó a mover papeles.
Ya estaba usando las deudas y las dificultades económicas de Mariela para intentar separarla de su hija.