Un día, al terminar la clase, mi estricta profesora universitaria me pidió quedarme a solas y me dio un beso en la mejilla antes de hacerme una desconcertante propuesta. Quedé completamente paralizado ante sus palabras y sin saber cómo reaccionar.
El cambio de actitud de una docente respetada
A mis veintidós años cursaba mi último año en la universidad cuando la profesora universitaria Margarita Ivanova comenzó a tratarme de un modo totalmente diferente. Ella tenía casi setenta años, acumulaba más de cuatro décadas enseñando en la facultad y era ampliamente temida por su carácter inflexible.
Mis compañeros solían bromear en los pasillos antes de sus evaluaciones:
«Si Ivanova te sonríe, es porque algo raro se avecina».
No obstante, conmigo su comportamiento empezó a cambiar de forma paulatina. En un inicio eran detalles pequeños, como acercarse al final del aula para preguntarme cómo iban mis cosas o consultarme con evidente preocupación si todo estaba en orden cuando faltaba a alguna clase.
Una pregunta personal sobre mi familia
Cierto día, mientras me devolvía uno de mis trabajos calificados, fijó su mirada en mi nombre durante un largo momento y me preguntó:
- «¿Daniil Karpov?»
- «Sí», respondí.
Al instante, la expresión de su rostro cambió de manera perceptible y añadió:
«¿Tu madre tenía ese mismo apellido?»
Aquella interrogante me pareció sumamente extraña. Cuando le confirmé que sí y le pregunté el motivo, de inmediato recogió los papeles que tenía enfrente y zanjó la conversación diciendo que no era nada importante.
Desde esa fecha noté que me observaba detenidamente durante las lecciones, como si intentara recordar un hecho lejano. Mis amigos lo notaron y bromeaban asegurando que me había convertido en su alumno preferido, aunque yo intentaba restarle importancia a la situación.
Un encuentro a puerta cerrada en su despacho
Todo dio un giro radical un viernes cualquiera. Cuando todos recogieron sus pertenencias y el aula quedó desierta, la profesora Ivanova me ordenó que no me marchara y me pidió que la acompañara a su oficina.
Pensé que se trataba de algún tema académico rutinario, tal vez una revisión sobre un examen o sobre mi tesis de grado. Sin embargo, en cuanto entramos a su oficina, cerró la puerta con llave, se acercó a mí y, sin darme tiempo a reaccionar, me dio un suave beso en la mejilla.
Ante mi evidente desconcierto, dio un paso atrás y se disculpó diciendo que llevaba muchísimo tiempo deseando hacer eso. Segundos después, aumentó mi confusión con una propuesta directa: me pidió que fuera a su casa esa misma noche a las siete en punto.
Al preguntarle por qué motivo requería mi presencia allí, abrió el cajón de su escritorio con la intención de tomar algo, pero se detuvo de inmediato y me aseguró que no podía darme explicaciones en la universidad.
La llegada a su domicilio particular
Durante todo el trayecto de regreso a casa no pude dejar de pensar en lo ocurrido. Me atormentaban las dudas sobre por qué una docente de casi setenta años me besaba, me citaba en su hogar y mostraba tanto interés en la historia de mi familia.
Le conté lo sucedido a mi amigo Maxim, quien me aconsejó enfáticamente:
«No vayas. Da igual su edad, todo esto es demasiado turbio».
Aunque comprendía su advertencia y compartía su inquietud, la curiosidad fue más fuerte. A las siete de la tarde toqué el timbre de su domicilio; ella me abrió casi de inmediato y me hizo pasar. La casa estaba en completo silencio, sin nadie más presente.
Al ingresar a la sala, vi que la mesa principal estaba servida exclusivamente para dos personas. La incomodidad creció en mí y decidí encarar el misterio de inmediato:
«Profesora Ivanova, creo que ya es momento de que me aclare con exactitud por qué me ha hecho venir aquí».
¿Qué secreto crees que escondía la profesora?