Cuando llegué a la imponente residencia en lo alto de la colina, la hija mayor me observó con frialdad y sentenció que veintinueve personas ya habían huido antes que yo. Sin embargo, mi único objetivo era cumplir mi jornada de trabajo doméstico y marcharme.
Un recibimiento hostil en las escaleras
La niña mayor aguardaba de pie en los primeros peldaños, con los brazos cruzados con firmeza y la barbilla en alto. Detrás de ella se distribuían sus otras cinco hermanas, ocupando la escalinata de piedra en un tenso silencio.
La más pequeña permanecía casi al nivel del suelo, descalza y abrazando contra su pecho una muñeca gastada por el uso. En ese momento, la mayor rompió el hielo con una pregunta tajante:
- —¿Usted es la nueva? —inquirió con suspicacia.
- —Vengo para el servicio de limpieza, sí —respondí con calma.
- —Hasta ahora han escapado 29. Tú eres el número 30.
No sonreía en absoluto. Con apenas doce años, hablaba con la amargura y la desconfianza de quien ha visto romperse demasiadas promesas en muy poco tiempo.
La partida apresurada del padre
Una voz masculina interrumpió la escena desde la cocina llamando a Corina. La niña simplemente replicó que solo estaba diciendo la verdad cuando su padre apareció frente a nosotras.
Andrei, un hombre de unos treinta y ocho años, vestía una camisa de buena calidad y portaba un reloj costoso, aunque sus ojos enrojecidos y una barba descuidada de dos días delataban un agotamiento profundo. Por teléfono me había explicado que administraba una constructora y requería ayuda doméstica urgente, ofreciendo el doble de la tarifa habitual.
Acepté sin dudar porque necesitaba costear mis estudios nocturnos de enfermería. El hombre se disculpó a medias, visiblemente abrumado:
«Solo limpieza. Eso es todo. Haces lo que alcances y te vas.»
Tomó unas llaves sobre una cómoda mientras su hija mayor lo miraba con desdén. Andrei escuchó el reproche tácito, pero no pronunció palabra alguna antes de cerrar la puerta tras de sí.
El peso de una ausencia irreparable
Me quedé a solas con seis niñas que me vigilaban como si hubiera cruzado una frontera prohibida. La casa era hermosa, con su fachada blanca, ventanales amplios y mobiliario de gran valor, pero resultaba evidente que nadie tenía fuerzas para sostener aquel espacio.
El desorden contaba su propia historia a lo largo de las habitaciones:
- Un carrito de juguete volcado en el pasillo principal.
- Marcas dispersas de lápices de colores sobre la pared.
- Dos mantas arrugadas en el sillón de la sala.
- Platos sucios acumulados en la cocina desde la noche anterior.
Al entrar a dejar mis pertenencias, descubrí dos fotografías en el refrigerador. En la primera, una mujer joven y sonriente posaba en la playa rodeada de las seis niñas; en la segunda, la misma mujer yacía debilitada en una cama de hospital, manteniendo aún la sonrisa.
Comprendí de inmediato que la madre había fallecido. Aunque ignoraba cuándo y cómo, reconocí perfectamente esa mirada vacía en las niñas, pues yo misma la había llevado tras la muerte de mi hermana.
Ganando terreno peldaño a peldaño
No hice preguntas ni intenté forzar ninguna simpatía. Llené la cubeta de agua, tomé el trapo y me concentré en fregar la primera grada desde abajo mientras las niñas observaban.
Poco después, la más pequeña descendió lentamente con su juguete, al cual le faltaba un ojo. Tras unos instantes de silencio compartido, me confió en un susurro que la muñeca se llamaba Mimi y que no había logrado hallar su pieza perdida. Le prometí que intentaríamos buscarle un reemplazo.
Pese a las advertencias de Corina para que se apartara, la pequeña se quedó a mi lado. Gradualmente, otra niña con gafas bajó a sentarse cerca, seguida por las demás, formando una compañía silenciosa pero atenta.
«No te encariñes. Ninguna se ha quedado; algunas duraron un día, otras dos y una se fue a las tres horas.»
Le aseguré a la mayor que mi turno concluía a las cinco de la tarde, y continué fregando sin inmutarme ante su advertencia de que le habían hecho la vida imposible a las anteriores trabajadoras.
El mensaje entre los paños de cocina
Hacia el mediodía pasé a la cocina para limpiar los gabinetes, la mesa y los electrodomésticos antes de ocuparme de los cajones. Fui retirando cubiertos, bolsas y mantelería para asear cada rincón con esmero.
En el último cajón hallé una pila de toallas de cocina casi sin estrenar. Al levantarlas para limpiar la base, encontré una hoja de papel doblada que en un principio tomé por una simple lista de compras olvidada.
Sin embargo, al tomarla para sacudir el fondo, distinguí una caligrafía manuscrita en la parte exterior que me detuvo en seco. Sobre el papel doblado se leían únicamente cinco palabras:
«Para quien se quede con ellas.»