Pensó que su llegada triunfal dejaría a todos sin palabras, pero un reencuentro inesperado puso a prueba el éxito que tanto se esforzó por aparentar. Oleg volvió a su regreso al pueblo natal decidido a deslumbrar a quienes dejó atrás, sin imaginar que el pasado respondería de una forma completamente distinta.
El anhelo de revancha en el regreso al pueblo natal
A sus cuarenta y cuatro años, Oleg llevaba casi dos décadas sin pisar las calles que lo vieron crecer. Había partido a los veinticuatro en busca de fortuna y reconocimiento. Su trayectoria no había sido sencilla: primero vivió en un importante centro regional, luego se trasladó a la capital y finalmente se estableció en los suburbios.
En ese largo trayecto alquiló diversas viviendas, se dedicó a las ventas, lidió con constantes tensiones laborales e intentó levantar su propio negocio en dos ocasiones distintas. Una de esas iniciativas comerciales casi lo condujo a la ruina total. Con el tiempo, logró consolidarse como director comercial en una firma dedicada al suministro de maquinaria pesada para la construcción.
Hacia el exterior, Oleg proyectaba la imagen de un hombre triunfador que lo tenía todo bajo control:
- Un cargo directivo de notable prestigio en el sector corporativo.
- Un traje exclusivo valorado en unos setenta mil rublos.
- Un reloj de alta gama que se regaló a sí mismo tras cobrar una bonificación extraordinaria.
- Un imponente todoterreno negro cuyo precio superaba holgadamente los ocho millones de rublos.
El vehículo en realidad figuraba a nombre de la empresa mediante un contrato de arrendamiento financiero o leasing. Sin embargo, a los habitantes del lugar poco les importaban los detalles burocráticos de un contrato: lo único que captaba su atención era la imponente carrocería reluciente.
«Oleg quería contemplar el viejo asentamiento a través del cristal de un todoterreno costoso y advertir en las miradas ajenas ese reconocimiento social que la gran vida urbana nunca terminó de concederle.»
Una parada calculada frente a la tienda local
Oleg evitó deliberadamente dirigirse de inmediato a la casa de su madre, la cual permanecía deshabitada desde su fallecimiento casi doce meses atrás. Primero dobló hacia la tienda situada cerca de la parada del autobús de línea. Estacionó el vehículo de manera que resultara absolutamente imposible pasarlo por alto.
Descendió sin apuro, se ajustó la chaqueta y contempló el viejo letrero comercial cuyas letras mostraban la pintura desconchada exactamente igual que veinte años antes. En el porche fumaban dos hombres, y uno de ellos entrecerró los ojos para fijarse bien en el recién llegado.
Era Vitka Zhuravlyov, su antiguo compañero de pupitre en la escuela. Vitka había perdido bastante pelo y lucía una barriga pronunciada, pero conservaba los mismos ojos curiosos con los que antaño espiaba los cuadernos de física de Oleg. Tras reconocerse entre risas compartidas, la noticia de la llegada del viajero se esparció de inmediato por el lugar.
La empleada salió de la tienda y otros vecinos se detuvieron cerca del porche a observar. En un pueblo pequeño las novedades volaban a gran velocidad: el hijo pródigo había regresado en una camioneta negra descomunal y con porte distinguido. A Oleg le halagaba esa atención, pues precisamente para provocar ese asombro había descartado viajar en tren, taxi o en un automóvil más modesto.
El peso de una despedida amarga
La atmósfera triunfal cambió de repente cuando Vitka le lanzó una pregunta directa: si ya había visto a Tanya. Dentro de Oleg algo se sacudió de forma incómoda. Tanya Klimova había sido el motivo principal por el que él siempre deseó marcharse por todo lo alto.
Tanya iba un curso por debajo de él en la escuela; era de baja estatura, cabello oscuro y lengua afilada. Tenía además la peculiar costumbre de entrecerrar un poco los ojos cuando prestaba atención. A sus diecinueve años, a ella le bastaba una sola mirada para hacer que Oleg olvidara por completo cualquier frase que tuviera pensada.
Fueron pareja durante cerca de dos años, paseando junto al río y haciendo planes de futuro que apenas comprendían del todo. Oleg soñaba con marcharse e insistía constantemente en que ella lo acompañara a la urbe, pero la joven no podía partir en ese momento debido a sus complejas circunstancias familiares:
- Su madre se encontraba gravemente enferma y dependía de cuidados continuos.
- Su padre se desempeñaba con gran esfuerzo en las labores de la granja comunitaria.
- Su hermano menor cursaba estudios en una escuela técnica y requería respaldo.
La ruptura definitiva estalló en el mes de agosto. Con los billetes ya comprados y las maletas listas, Oleg comprobó que ella no cedería. Con el propósito deliberado de herirla profundamente, él le espetó con desprecio que pasaría el resto de sus días vistiendo una humilde chaqueta acolchada de trabajo. Tanya no derramó lágrimas; únicamente le advirtió que una gran ciudad no convertía automáticamente a nadie en alguien superior.
Oleg se marchó y con los años supo por conocidos que Tanya se casó, luego se divorció, tuvo una hija y que sus padres fallecieron o enfermaron gravemente. Ahora, frente a la tienda, Vitka se ofreció a llamarla por teléfono y Oleg fingió indiferencia aceptando la propuesta.
La confrontación sin artificios frente al todoterreno
Unos quince minutos después, Tanya apareció caminando no desde las viviendas particulares, sino desde el sendero que conectaba con la antigua granja. Llevaba puesta una vieja chaqueta acolchada azul marino, botas altas de goma, un pañuelo gris cubriéndole la cabeza y guantes de trabajo en una mano. Tenía cuarenta y tres años, el rostro castigado por el viento y un fino rasguño en la mejilla.
Al detenerse cerca del porche, miró primero a Oleg y luego al lujoso vehículo estacionado. Cuando él intentó elogiarla diciendo que apenas había cambiado, sus palabras sonaron teñidas de esa vieja condescendencia que creía superada. Tanya se quitó los guantes con calma y replicó con agudeza que él, en cambio, se había esforzado demasiado para que todos notaran cuánto había cambiado.
Oleg intentó justificar su presencia argumentando que venía a revisar la vivienda de su madre para ponerla en venta, a lo que ella contestó con ironía señalando que la casa materna quedaba en una dirección totalmente opuesta a esa tienda. La invitación que él le hizo para tomar un café y conversar fue rechazada de inmediato porque los terneros de la granja esperaban su alimento.
«—Oleg, ¿has venido por algún asunto concreto o solo querías hacer una demostración de ti mismo? —preguntó Tanya sin titubear antes de emprender el regreso.»
Oleg vio alejarse por el camino de tierra la silueta envuelta en la chaqueta acolchada y las botas salpicadas de barro. Todo aquello con lo que en su juventud intentó humillarla no transmitía en absoluto la imagen de una existencia derrotada.
La realidad de las deudas y el hallazgo en la granja
Al llegar a la solitaria casa materna en las afueras, el panorama resultó sobrecogedor. Tras casi un año postergando el viaje debido a compromisos de trabajo, informes y viajes corporativos, Oleg tuvo que admitir que simplemente postergaba el regreso por rechazo. La verja estaba caída, la galería inclinada y en el interior reinaba el olor a humedad y ratones.
Caminando con sus costosos zapatos de ciudad entre las tazas esmaltadas de su infancia y las viejas cortinas, comprendió el vacío de sus promesas juveniles. Un agente inmobiliario de la cabecera distrital le había tasado la propiedad entre un millón trescientos cincuenta mil rublos en venta rápida y un millón seiscientos mil si esperaba con paciencia. Para su economía, esa cantidad no resolvía sus enormes compromisos financieros mensuales:
- Hipoteca suburbana: noventa y cuatro mil rublos cada mes.
- Pensión alimenticia: treinta y ocho mil rublos destinados a la hija de su primer matrimonio.
- Préstamo de reforma: cincuenta y un mil rublos mensuales para cubrir el acondicionamiento de su departamento.
Aunque percibía excelentes ingresos, los gastos fijos no perdonaban. Mientras revisaba su teléfono entre notificaciones bancarias y avisos de cobro de tarjetas, Oleg abrió el canal de noticias del pueblo y vio una fotografía reciente: aparecía Tanya junto a una nave ganadera moderna y una muchacha sosteniendo un ternero. El texto anunciaba que la explotación agropecuaria de Tanya Klimova continuaba expandiéndose y abría reservas de quesos para las fiestas.
Al contemplar la imagen de ese negocio ganadero próspero, Oleg sonrió con ironía, despojado ya de su antigua arrogancia. Al caer la tarde, decidió subirse a su vehículo y dirigirse hacia las instalaciones de la granja.