1. Parte
—Durante nuestra luna de miel, mis perros se quedarán con tu madre. No te lo estoy preguntando, Natalia. Ya lo decidí.
Patricia Salgado soltó esa frase en la sala del pequeño departamento que Natalia e Iván rentaban en Narvarte, con el tono de alguien que acaba de anunciar una nueva ley del país.
Llevaba en brazos a Romeo, uno de sus dos pomeranias color miel. Julieta, la otra perrita, olfateaba la pata del sofá mientras Natalia, que acababa de volver del trabajo, aún tenía el bolso colgado del hombro.
—Mi mamá no puede cuidarlos —respondió Natalia—. Es alérgica al pelo de perro y, además, trabaja todo el día.
Patricia soltó una risa corta.
—Ay, por favor. La mitad de esas alergias son psicológicas. Y, de todos modos, estos son pomeranias de linaje, no cualquier perrito callejero.
Natalia apretó los labios.
Faltaban menos de dos meses para la boda y, casi cada semana, descubría una nueva forma en la que su futura suegra intentaba tomar control de sus vidas.
- Primero quiso elegir el lugar de la boda.
- Después decidió qué flores eran “suficientemente elegantes”.
- Más tarde insistió en invitar a treinta personas de su club de criadores de perros.
- Y ahora pretendía que Elena, la madre de Natalia, se hiciera cargo de los animales durante la luna de miel.
Lo peor era que Patricia incluso había insinuado que ella y su esposo podían acompañarlos a Cancún.
—Así aprovechamos el paquete —había dicho, como si fuera lo más normal del mundo.
Iván salió de la cocina en ese momento.
—Mamá, ya te dijimos que estamos buscando una buena guardería para perros. Yo la pago.
Patricia lo miró como si su hijo le acabara de clavar un cuchillo por la espalda.
—¿Guardería? ¿Para Romeo y Julieta? Ahí pueden agarrar cualquier cosa. Tu suegra podría hacer un pequeño esfuerzo. Después de todo, estamos recibiendo a Natalia en nuestra familia.
La expresión de Natalia cambió de inmediato.
—Mi madre no tiene que demostrarle nada a nadie.
Patricia tomó su bolso.
—Ya veremos lo que dice cuando nos conozcamos oficialmente.
Y salió dando un portazo.
Dos días después, Natalia fue a ver a sus padres y les contó todo.
Elena no gritó. No insultó a Patricia. Solo removió lentamente el café y preguntó:
—Entonces, esa mujer quiere que yo sufra una crisis alérgica para ahorrarse el costo de una guardería para perros.
Natalia asintió.
Elena sonrió con calma.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Hay personas que no entienden un “no” a la primera. Con esas personas, a veces hay que dejar que sus propias decisiones les salgan caras.
Una semana después, ambas familias acordaron cenar en un restaurante de la colonia Roma.
Patricia llamó tres veces para intentar cambiar el lugar.
Quería un sitio carísimo en Polanco.
Quería mariscos importados.
Quería un salón privado.
Exigía algo “digno de la familia de su hijo”.
Elena rechazó cada petición con total serenidad.
La noche de la cena, todos llegaron puntuales.
Todos, excepto Patricia.
Apareció cuarenta minutos tarde, con un vestido fucsia brillante y sin la menor intención de disculparse.
Antes de sentarse bien, miró los platillos que Elena había pedido para compartir y frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
Luego levantó la mano, llamó al mesero y pidió un menú aparte.
Aún nadie imaginaba que esa cena “familiar” terminaría convirtiéndose en una noche que Natalia recordaría toda su vida.
En resumen, Patricia creyó que podía imponer sus caprichos, pero esa velada demostraría que a veces la soberbia cobra su propio precio.